Elegido en tu celular según cómo venís rezando. Nada de lo que rezás, escribís o marcás sale de tu teléfono.
Suena despacio de fondo mientras rezás, aunque cambies de pantalla.
Queda como una app más en tu celular, con su ícono. Es gratis y funciona sin internet.
Va a haber días así: días en que te olvidás, en que no tenés ganas, en que rezás y no sentís nada. Son, justamente, los días en que más hace falta. La oración no es un premio para los más devotos: es medicina para el corazón duro, seco o apagado. «No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos» (Marcos 2:17).
San Pablo no dijo «oren cuando tengan ganas». Dijo «oren sin cesar». Contento o a las puteadas, con el corazón desbordado o sin corazón: se reza igual. Jesús contó una parábola entera para enseñar «que era necesario orar siempre sin desanimarse» (Lucas 18:1).
Si te salteaste un día, no empieces de cero: retomá en el que toca hoy. Y si la sequedad persiste, persistí vos. Volvé al De profundis del lunes, al Salmo 22 del viernes, al «Tarde te amé» de San Agustín: los escribió gente que rezaba desde el fondo.
Y cuando no salgan las palabras, no hacen falta: el que te mira sabe todo lo que te pasa (Mateo 6:8). Alcanza con parar la pelota, levantar la mirada y darte cuenta de que está ahí. Y decir: Dios mío.
Mejor es aprender a poner las potencias en silencio y callando, para que Dios hable.San Juan de la Cruz
Callá, y dejá que Él hable.